3·Louisa May Alcott. Mis 3+3 en el último número de la Revista Lazarillo

Revista_Lazarillo

El tercer texto elegido es una novela: Mujercitas (Little Woman, 1868) de Louisa May Alcott.

Martin A. La Regina

Con once años leí, como todos los que la hemos leído en este país, una versión edulcorada de Mujercitas, pocas novelas han sido tan maltratadas en España como ésta, con adaptaciones mediocres y mal traducidas y aún así me impactó. Después se sumó la película[2] y quise ser Katherine Hepburn, quiero decir Jo. Durante mucho tiempo en mi cabeza se han mezclado la novela y las películas sin identificar claramente lo que pertenecía a una o a otras. He tenido que releerla para separar el trigo de la paja.

Conservo uno de los dos libros que leí, contienen la novela en dos partes, publicada por ediciones AFHA Internacional (Auriga) en el año 1968. Tengo la segunda: Aquellas mujercitas, (Good Wives, 1869) el de Mujercitas debe de estar en un estante de la biblioteca de alguna de mis hermanas.
Por fortuna, en 2004, Lumen publicó una edición completa y sin censura traducida por Gloria Méndez, esta edición incluía los dos libros e incluso capítulos enteros que nunca se habían publicado en España.
El motivo por el que he seleccionado esta novela, me refiero siempre a las dos partes que para mí conforman un todo, es porque me interesa la crítica literaria y artística. Mujercitas me enfrentó, por primera vez, a una reflexión sobre lo que era y no era Literatura y a una cavilación sobre la crítica literaria y eso me marcó.

Me ayudó a descubrir que la crítica es necesaria, que la reflexión sobre el trabajo de otros es interesante y que puede estar muy bien argumentado, pero que no deja de ser una opinión. Curiosamente creo que fueron esos pensamientos expresados por Jo, la hermana escritora, (que a su vez los había tomado en cierta medida de las reflexiones en la introducción que hace John Bunyan en su obra El progreso del peregrino) los que provocaron que quisiera reflexionar sobre el trabajo de otros, pero también me hizo tener claro que lo haría desde mis intereses y que sería mi mirada sobre las cosas y nada más.

Me hizo entender que para mí –la crítica– debe ser respetuosa y no debe ser otra cosa que compartir las cosas que me interesan y analizar los porqués y que al hacerlo no quisiera pasar nunca de puntillas. Me molestan especialmente las críticas insulsas que no dicen nada o muy poco.

Mujercitas es una novela de su tiempo, publicada en 1868 y 1869. A pesar de considerarme admiradora de esta novela, me molesta, más que su cursilería, su dogmatismo. No digo nada nuevo afirmando que es un documento social, cultural e histórico que nos sitúa en la década de los sesenta del s. XIX, teniendo como transfondo la guerra civil estadounidense. Gran parte de su interés reside en ese análisis de la sociedad de su época, su cursilería y su intención doctrinal forman parte intrínseca de ese momento histórico.

La primera curiosidad de la novela es que la autora no duda en seguir el modelo narrativo de El progreso del peregrino de John Bunyan, una obra de carácter alegórico y evangelizador, pero a la vez amena y entretenida, llena de anécdotas, que es curiosamente una de las obras más leídas en lengua inglesa. La autora hace guiños a ese texto continuamente, incluso en el nombre de los capítulos de la novela.
Si partimos de ese modelo, entendemos muchas de las reflexiones de carácter religioso que aparecen en ella. Si le añadimos el transcendentalismo familiar que dominaba el entorno de Louisa M. Alcott, la novela tiene mucho de autobiográfica, entendemos todavía más el mérito de este libro, porque partiendo de un modelo y un entorno puritanos y conservadores es todavía más admirable la ruptura que, en muchos sentidos, supone esta obra.

Como mujer, esta novela influyó en mi manera de percibir el mundo, a través de ella vemos una sociedad patriarcal en la que la mujer tiene un papel secundario, siempre supeditada primero al padre y después al marido. Pero es precisamente ese relato lo que nos permite tomar partido. Lo difícil no es enfrentarte a quien no piensa como tú, sino a tus iguales. Uno de los logros de esta novela estriba en que ni su familia ni su entorno pueden reprocharle nada a Louisa May Alcott, porque su relato está formado de retazos algo ficcionados de la realidad que ella vive, son pedazos de su mundo, con sus tristezas y sus alegrías que por momentos nos puede parecer una guía espiritual para señoritas. Nada más lejos.

Louisa May acepta que vive en ese mundo y lo muestra, y al describirlo nos da la oportunidad de rechazarlo. El personaje de Jo, la hermana escritora, es un reflejo de la propia autora, es una mujer inteligente, independiente, varonil; porque en ese mundo toma sus propias decisiones y no hace lo que se espera de una señorita. Pero no es el único modelo que nos muestra, porque cada una de sus hermanas representa un tipo de mujer.

A mi entender lo que convierte esta novela en un clásico es que en ningún momento nos alecciona diciéndonos cual es el correcto, pero nos rendimos ante la independencia y el amor entre iguales, que es el que logra Jo, el que muestra admiración y respeto mutuo entre dos personas, un modelo de mujer independiente dueña de sus decisiones.

Elegí esta novela, porque seguimos muy lejos de alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres, y me desagrada y me acongoja esa visión paternalista (incluso de las propias mujeres) que perdura y se agrava en nuestros días, porque, a pesar de tener (en el mal llamado primer mundo) leyes que nos protegen y nos igualan, el peso de la costumbre nos paraliza y sigue vigente la necesidad de mirar lo que somos, lo que hacemos y lo que parecemos.

Escogí esta novela porque su estilo cercano y sencillo fue capaz de romper de una manera sutil con el romanticismo recargado que imperaba en la época, superándolo y deleitándonos. Mujercitas no es lo que parece y quería reivindicarlo. Pese al paso del tiempo sigue siendo una novela capaz de abrir las puertas de la lectura. Lo hizo con una de mis sobrinas y me emociono cada vez que lo recuerdo.

Ya lo dijo Simone de Beauvoir:

“Mujercitas” me dio una idea clara de lo que sería mi vida cuando yo todavía era una chiquilla: me propuse ser Jo, y como ella escribiría; para imitarla empecé a redactar cuentos…”

Al igual que Simone de Beauvoir recomiendo esta novela a todas las mujeres, porque a menudo no sabemos lo que queremos, pero sí lo que no. Casi siglo y medio después de su publicación Mujercitas sigue ayudándonos a ver claro, muy claro, lo que no deseamos.

[2] Hay más versiones, pero la de George Cukor de 1933 es mi preferida, aunque la de Gilliam Armstrong de 1994 también tiene su interés.

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