El Cuento de nunca acabar de Carmen Martín Gaite

El caso es que la primera vez que leí El cuento de nunca acabar hace ya algunos años, sentí que ya estaba todo escrito. O al menos lo que yo hubiese escrito sobre narración y cuentos si hubiese tenido el talento y hubiese nacido mucho antes. ¡Carmen Martín Gaite me había copiado! Pero hasta esa idea de la copia es suya y no mía, aunque yo también la pensara.

“Cualquiera de las voces que se te quedaron enredadas en la trastienda de la memoria irá siempre contigo, resonará dentro de la tuya. Eso no es copiar ni robar, es tejer lo ajeno con lo tuyo, dar albergue en la propia memoria a la memoria de otro;”haced esto en memoria de mí”. Sólo se apodera de algo aquel que no ama, que se siente deslumbrado de lejos por un brillo que le parece prestigioso, pero es que no se arrima al calor de la hoguera. Solo copia ése”.

Cuento a cientos los libros que me han deslumbrado, pero apenas con los dedos de una mano los que me han conmovido de tal modo que algo ha cambiado en mí. Y sin duda este libro es uno de ellos, en especial, el último capítulo Río Revuelto, del que procede el fragmento que les acabo de referir.

Las reflexiones crudas y sinceras que en él realiza Carmen Martín Gaite sobre Oralidad y Literatura son pequeñas gotas de un elixir que si bien no alarga la vida, te la facilita. Algunos pensarán que en realidad te la complica, porque condena los excesos de egos tan comunes en esta profesión, la de escritor y la de narrador y duele. Y además lo hace de una manera sublime. No piensen que Carmen las entremezcla, no; sabe muy bien cuales son los ingredientes de cada una de ellas y lo deja muy claro.

Podría llenar esta reseña de sentencias como esta:

“Cada cual que responda de lo suyo, que atienda a su juego, a su cuento”.

Que me lleva irremediablemente a la musicalidad de la canción Antón Pirulero… y más allá.

O esta otra:

“El proceso contrario, el de las narraciones emprendidas con el primordial designio de despertar interés o amor no siempre lleva, en cambio, de forma tan inequívoca y certera al otro polo: al de contar las cosas bien.”

que me conduce a la necesidad de formarme, prepararme, reflexionar, leer, escuchar…

O quizás a aquella en la que dijo:

“La urgencia con que las cosas por decir pugnan por librarse del no ser, del olvido, contrasta con la evidencia de lo difícil que resulta encontrar el lenguaje adecuado para decirlas. Inventarlo. No siempre se deja de hablar por vaciedad mental.”

Que me lleva al silencio o a “Vivir para contar”.

No se pierdan esta lectura tan esencial para vivir y para contar.

Publicado en el Boletín nº 29 de AEDA

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