22 segundos por Eva Mejuto

22 segundos

«No es ninguna enfermedad ni ningún trastorno a pesar de lo que aún diga la Organización Mundial de la Salud. Una cosa es el sexo asignado al nacer y otra la identidad sexual». Lo afirma el personaje de Cristina en 22 segundos por Eva Mejuto.

Al leer 22 segundos no pude evitar realizar una asociación numérica: novelas, series y películas con números en sus títulos. Todas por distintas razones me parecían que conectaban de algún u otro modo.

Por supuesto, la primera que me vino a la cabeza fue la novela 1984 de Orwell; a continuación la serie (la primera temporada) Por 13 razones de Brian Yorkey; y por último la película Diecisiete de Daniel Sánchez Arévalo.

Poco queda por comentar de la novela de Orwell escrita el 1948 que nos presenta un mundo dominado por el control, un mundo muy parecido al que estamos viviendo, en el que la tergiversación de la historia y de la información cambian el devenir del mundo.

La serie Por 13 razones, basada en la novela de Jay Asher, fue estrenada en 2017 en una plataforma digital, fue todo un éxito de público. Y si bien es verdad que la serie plantea temas como el acoso en centros escolares, en las redes sociales y muestra los abusos sexuales y sus consecuencias como el suicidio en adolescentes, y permite reflexionar sobre esos temas, lo hace partiendo de una premisa peligrosa. Una adolescente es acusada de haber mantenido relaciones sexuales y es expuesta a la opinión pública. Esa es la trampa, porque que una mujer decida libremente mantener relaciones sexuales consentidas a día de hoy todavía se cuestiona y se señala, mostrando que la libertad sexual de las mujeres está lejos de ser real.

La novela también me hizo pensar en la película Diecisiete que tiene en común con 22 segundos su ternura, su frescura y las relaciones con quien es diferente. Diecisiete nos muestra lo que es el autismo, pocas veces se ha explicado tan bien en qué consiste sin nombralo. La literalidad con la que las personas con autismo entienden las cosas y el modo pragmático de ver el mundo. Habla de la empatía o la falta de ella, ¡qué palabra más fea! Yo prefiero hablar de simpatía, de simpatizar con quien no es igual y traspasar la línea de lo diferente gracias al amor.

De eso habla 22 segundos, de amor, de conocerse, reconocerse y ser reconocido. De un viaje, el que hacemos todas las personas, algunas con mayor suerte que otras, porque la familia no se elije y Xela tiene la suerte de tener un abuelo que escucha, observa y se informa.

Te sumerges en un mundo complejo y sencillo como son nuestras vidas, la tuya, la mía, las nuestras, la de cualquiera, la de Xela. Aparece una voz de niña que con el paso de las páginas se transforma en la de un adolescente que es capaz de retorcer el lenguaje, de emplear expresiones que pudieran parecer las de un adulto, pero que no lo son.

Hay quien desde muy pronto toma conciencia del lenguaje, al leer la novela, recordé a mi hermana que una vez corrigió a mi padre diciéndole:
–No se dice bacalao, se dice bacalado.
Se convirtió en broma familiar para siempre, pero aquello denotaba el interés de una niña por la corrección, por la exactitud de lo expresado y eso aparece en este texto.

La frescura de la mirada de Xela que sabe quién es desde siempre, aunque al principio solo pueda expresarlo a través de un dibujo.

Escuchamos las voces de los personajes, voces que los retratan a través de una búsqueda y de un lenguaje cuidado, medido, conciso, en el que no sobra ni falta nada, porque como dijo Aristóteles en su Poética: «…Y Homero enseñó también a los demás a decir cosas falsas como es debido… Hay que preferir lo imposible verosímil a lo posible increíble». En esta novela nos encontramos ante un lenguaje creíble, verosímil en cada uno de los personajes, que es el mejor elogio que se le puede hacer a un texto de ficción.

La voz de Alex:
«Entre todos fuimos buscando respuestas a todas las preguntas y poniendo palabras al silencio que me había acompañado hasta ese momento».

Veintidós segundos es el tiempo que tarda un archivo en subir a la red.
Podríamos pensar que regresamos a Orwell, a ese mundo dominado por ese Gran Hermano que todo lo ve, todo lo juzga y todo lo controla. Pero esta vez, todavía, en este nuestro mundo, que no es ese apocalíptico escrito por Orwell, las redes sociales aún juegan a nuestro favor. A favor de Alex.

Y en su cabeza para siempre la voz  del abuelo:
«Si fuera capaz de vomitar todo lo que lleva dentro, todos sus miedos, sus frustraciones, su rabia sería mucho más feliz. Bastante nos hemos callado ya en esta familia y, para el tiempo que me queda, no quiero ni una mentira ni un silencio más en casa. Lo que no decimos es como si no existiera. Habla siempre».

Al acabar la novela te das cuenta de que solo el conocimiento y el amor son capaces de transformar el pensamiento, porque la verdad no existe, porque las únicas certezas están recogidas en los «Derechos Humanos» algo que no debiéramos olvidar.

En estos tiempos de ruido, reconforta encontrarse con el sonido del mar hecho libro.

Paula Carbonell (Lyca)

 

Eva Mejuto, 22 segundos, Lóguez Ediciones, Salamanca, 2019

22 segundos

Comenta, si quieres.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s