Unas letras para la muerte

La muerte nada es para nosotros, puesto que mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, entonces no existimos. Plinio, el joven

Hablar de la muerte siempre es un trago y más en estos tiempos donde no hay lugar para ella. La muerte es entendida como una tragedia que debe ser escondida. No cabe en este espejismo de vidas perfectas que nos venden como nuestras. La muerte es parte del juego del cine, de las series y de los videojuegos, no de nuestra existencia. Si aparece en nuestra realidad la entendemos como una excepción, como un mal que no queremos que forme parte de nuestras vidas.
Por eso, quizás, me fascina tanto cómo la cuentan Isidro Ferrer, Carlos Grassa Toro y Wolf Erlbruch.
Voy a hablarles de dos de mis álbumes preferidos que además tratan de la muerte.
Una casa para el abuelo y El pato y la muerte.
Lo haré cronológicamente, por fecha de publicación.

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Una casa para el abuelo escrito por Carlos Grassa Toro e ilustrado por Isidro Ferrer fue editado en Francia por primera vez en marzo de 2001. En España fue publicado en 2005 por la editorial Sins Entido y galardonado en 2006 con el Primer Premio Nacional de Ilustración. Agotado hace un tiempo, ha sido reeditado por la editorial Libros del Zorro Rojo.

Retomaré alguna de las cosas que escribí sobre él.

Este álbum nos acerca a la muerte de una manera muy especial. No hallaríamos modo más sencillo de contarles a nuestros hijos la muerte de su abuelo que adentrarse en esta tarea de la mano de estos dos creadores. Porque si algo destila este álbum es ternura. Carlos pone las palabras justas, aquellas que podemos leer en voz alta e Isidro, con sus imágenes, nos narra aquello no podríamos leer sin que se nos quebrase la voz.
Como en los cuentos tradicionales iniciamos un viaje, salvamos obstáculos (una bonita montaña que cobra vida) y avanzamos seguros de cumplir una misión –enterramos y nos despedimos de nuestros muertos – y una vez concluida la tarea proseguimos con nuestras vidas.
En cada ilustración se aprecia un gran mimo y cuidado. Por un lado esas pequeñas líneas que conforman las arrugas de la abuela y la hacen más entrañable. Por otro lado cuando descubrimos que las piedras sienten, porque el abuelo es piedra, es madera, es alambre… y sin embargo nos emociona; o bien esos círculos: magníficos girasoles soleados; o incluso el cartón como caja, vitrina que se convierte en casa pero también en ataúd. Hasta esas estrellas –letras que imprimen el cielo – porque, como dice Gustavo Martín Garzo en “Instrucciones para enseñar a un niño a leer”, “existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños”, como las de la abuela. Y son esas historias las que recuperan las voces de los que ya no están pero que seguirán en nuestra memoria.
Isidro Ferrer en una imagen fabulosa del entierro nos muestra lo más difícil, el momento de la despedida. Entrelaza las manos del abuelo y de la abuela, ella despidiéndose de él sostenida por el brazo de su hija y el nudo acude a la garganta.

Pero Ferrer no nos da tregua no está hecho este álbum para llorones. Tras el entierro los vivos prosiguen con su vidas teniendo presente a un abuelo que ya se deja visitar por un gusano. Isidro Ferrer nos adentra en este viaje con imágenes que  bien podrían ser collage ilustrado o ilustración collageada. Mezcla magistralmente dos lenguajes  gráficos aparentemente contrapuestos, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados aunque no deja de sorprendernos cada vez. Utiliza materiales de desecho a los que dota de una nueva función. Nos recuerda los ready-made de Marcel Duchamp o  la exploración picassiana del arte.

Todos esos materiales: metales oxidados, alambres, clavos, trozos de madera, piedras, cartón, papel usado nos remiten al concepto de reciclaje gráfico del S.XX.
El reciclaje no deja de ser eso: reciclaje a solas. Pero ver las cosas de otra manera también es reciclar.
Así, pues, texto e imagen se unen para ofrecernos una visión de la muerte distinta, serena, desdramatizada, amable, inmersa en la cotidianeidad de nuestras vidas.

Y en esa misma línea navega Wolf Erlbruch.

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El pato y la muerte escrito e ilustrado por Wolf Erlbruch se publicó en Alemania en 2006 y en España en 2007 de la mano de la Editorial Barbara Fiore en una cuidadísima edición.

Como ya dije es uno de mis álbumes preferidos. Lo fue desde la primera vez que lo tuve en mis manos. Las coincidencias nunca son meras casualidades y fue en un Seminario de Literatura en La CALA coordinado por Carlos Grassa Toro al que asistí en marzo de 2008 en el que analicé los porqués.
El procedimiento no fue novedoso, en realidad, nada en la Literatura lo es, pero sí muy efectivo. Recuerdo una cita de Willa Cather, en Pioneros: “Sólo hay dos o tres historias humanas, y se repiten una y otra vez con tanta intensidad como si no hubieran ocurrido nunca antes; son como las alondras de este país, han estado cantando las mismas notas durante miles de años”. Así que recurrimos a Aristóteles y con su Retórica decidimos escudriñar los textos. Todos hicimos trampa, ya que prisioneros de nuestro tiempo entendemos la Lengua como un Sistema de signos y como tal la analizamos, el Estructuralismo y el Formalismo Ruso se colaron en nuestro análisis, y fuimos más allá del propio Aristóteles aunque no lo nombráramos. Poco a poco, entre todos fuimos desmenuzando el texto, solamente el texto.
Tener ante nosotros las palabras exentas de imágenes nos permitió analizarlas de otra manera.
Desmenuzamos las palabras de Wolf Erlbruch en El pato y la muerte.
Concluimos que es un texto literario, donde la muerte aparece personificada desde el primer instante. Nos parece un texto sólido, escueto, que dice lo justo y no desaprovecha ningún hueco; es un buen ejemplo de laconismo. No hay apenas indicios de Barthes (esto lo añado yo).
Nos impacta, sobre todo, el tomar conciencia de los silencios creados por el autor.
Esta lleno de preguntas que nadie responde.
No se desliza por el lado de la argumentación; y el análisis pormenorizado de los tropos nos permite afirmar con rotundidad que nos movemos dentro de la elocutio y del ornatos.
Estamos ante un texto literario magnífico con un sentido del humor excepcional (esto también lo añado yo).

Entablamos un debate acerca de las imágenes, no hay consenso ni tiempo.
Regresé a casa y a solas abordé las imágenes.
Trato de contener mi emoción. Descubro que texto e imágenes, como en el álbum anterior, se acompasan y esto no sucede siempre.
Constato que imágenes y texto son un todo. El análisis estaba incompleto, la narratividad de un álbum ilustrado no se puede medir solo atendiendo al texto, porque es el conjunto lo que nos interesa.

En la primera página: se nos presenta al personaje principal.
En la última página el antagonista, la muerte, sigue su camino con nuevos compañeros de viaje.
Y entre la primera y la última… toda una vida.
Las figuras son sencillas y expresivas. No hay fondo, el laconismo de la palabra nos llega, ahora, a través de las imágenes.
Entre el pato y la muerte no hay nada.
Los distintos escenarios se reducen a un árbol recortado o una mancha de color como río o noche y es esa economía de elementos la que refuerza el silencio.
Apenas apreciamos dos o tres detalles que nos avisan de un final anunciado.

En la primera imagen que vemos de la muerte, ésta llega con una flor escondida, flor que nos encontramos en varias ocasiones a lo largo del libro, la misma que la muerte pone sobre el pato yacente, la misma que aparece en la contracubierta.
La muerte no desvela nada, la muerte se hace presente a través de una pequeña flor, pero esto tan solo lo descubriremos al final. El libro se inicia con un pato solitario en la cubierta, a continuación, se establece un diálogo con un segundo personaje, la muerte personificada en forma de esqueleto.

El pato ve a la muerte y se relaciona por primera vez con ella.
En las siguientes cinco páginas los personajes hablan uno frente al otro, se están conociendo, dialogan. Después el pato invita a la muerte al estanque, –el texto parece anticiparnos algo –, la imagen corrobora la invitación, la muerte mira al pato alejarse.
Muerte y pato aparecen en el estanque, el pato disfruta, la muerte no.
La siguiente secuencia nos muestra cómo el pato se acerca a la muerte, es amable con ella, le pregunta si necesita que la caliente. Por primera vez los dos personajes aparecen juntos y el pato abraza a la muerte.

En las dos imágenes que prosiguen muerte y pato siguen juntos.
Nos sorprenden unas ilustraciones fabulosas en las que ambos personajes se mimetizan, realizan exactamente los mismos gestos, mientras el texto nos narra sus conversaciones.

Las dos siguientes páginas componen una sola secuencia, los personajes vuelven a aparecer enfrentados, dialogando, pero sus gestos y sus sonrisas son de complicidad.
Hay algo inexplicable que las imágenes provocan, muestran esa fascinación infantil y curiosa por la muerte, muy similar a la del amor, como si se tratase de una obsesión.
La muerte es el centro de todo como ocurre con el amor.

Pato y Muerte están subidos a un árbol mirando hacia abajo, el texto nos aclara algo que no vemos en la imagen: están viendo el estanque. El pato y la muerte conversan allí subidos, imagen de gran belleza donde el árbol tomado de algún otro lado invade un poco la página siguiente y es entonces cuando vemos un cuervo… –estamos ante un tópico gráfico, un lugar común, el cuervo como elemento premonitorio –.

Descubrimos al pato agarrándose a la muerte. Imagen conmovedora, esta vez el pato
la toma de las manos.

Como dice Aristóteles en su Poética “… pero lo más importante de todo es dominar el uso de la metáfora, ya que esto es lo único que no se puede tomar de otro y es señal de talento” o como dice Borges “La metáfora: esa curva mental que traza casi siempre entre dos puntos –espirituales – el camino más breve”. Y Erlbruch les hace caso:  la noche lo cubre todo, –metáfora gráfica – el pato ha muerto, la muerte está junto a él. La muerte lleva en brazos al pato sin vida.
La muerte lo deja en el río –nuevo lugar común, como el río Aqueronte, tópico literario y visual –. La muerte ve como se aleja el cuerpo del pato, texto e imagen nos dicen que la muerte se entristece un poco pero “Así era la vida”, la muerte siempre se encarga de la vida, lo que creemos un oximoron tan solo pone de relieve una realidad. Algo tan obvio y que casi olvidamos. Finalmente, como ya anunciamos al principio, la muerte prosigue su camino con nuevos compañeros de viaje.

Tras la lectura de estos textos descubrí que lo que más me interesa de ellos es ese discurso – el textual y el gráfico – contenido, que nos habla de la muerte con naturalidad y sobre todo con respeto, a la inteligencia del lector, a la propia vida y a la muerte.
El primero nos enfrenta a la muerte de un ser querido, el segundo a nuestra propia muerte.
Y en ambos la muerte sale dignificada.
De pronto caigo en la cuenta: la muerte se presenta y solo es cuestión de tiempo,
el suficiente para familiarizarte con ella: unos segundos o toda una vida.

La muerte estará presente en nuestras vidas mientras el pato, el abuelo y sus historias o las nuestras permanezcan en nuestra memoria o quizás lo que nos quede sean sus vidas, nuestra vida.
 
Paula Carbonell (Lyca)

(Artículo publicado en noviembre 2013 en la Revista mexicana Justa pág. 21-23)

 
Álbumes 
El pato y la muerte
Wolf Erlbruch
Barbara Fiore Editora
España, 2007

Une maison pour grand-père
Isidro Ferrer
Carlos Grassa Toro
Éditions Thierry Magnier
France, 2001.

Una casa para el abuelo
Isidro Ferrer
Carlos Grassa Toro
Editorial SinsEntido,
Madrid, 2005.

Una casa para el abuelo
Isidro Ferrer
Carlos Grassa Toro
Ediciones Libros del Zorro Rojo,
Madrid, 2013.

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