Una mirada a mi gallo

Mi último texto publicado, Gallito Pelón, no es un cuento original, es una adaptación del cuento popular valenciano Mig pollastre, Medio pollito que me contaban de niña. Hacer una adaptación fue todo un reto, porque hace un tiempo hice un pequeño estudio sobre cuentos acumulativos y lo había diseccionado de abajo arriba y de arriba abajo. En casa contaba con muchas versiones, recuerdo la de Elena Fortún, la de Enric Valor, la de Rodríguez Almodóvar, la de Marisa Nuñéz, las que les he oído contar a algunos narradores, una versión vasca llamada Barriga grande, otra portuguesa O pinto borrachudo, la que yo recordaba de niña,y la de Carmen Laforet publicada hace muy poco, pero seguro que hay muchas más.

No es fácil adaptar un clásico tan revisado. Incluso ahora que ya está hecho y lo pienso despacito ¡soy una inconsciente! ¡Cómo se me ocurrió versionear uno de los cuentos más contados! Pero estoy muy contenta con el resultado.

Mi primer cuento El viaje de las mariposas ya era un homenaje a este cuento. ¿Por qué de nuevo? Porque me gustan los retos, porque Medio Pollito forma parte de mí y porque este cuento es la cara o la cruz de otro, de Gallo Kiriko. Son dos formas antagónicas de estar en el mundo. La esencia de Medio Pollito o Gallito Pelón, como decidí llamarlo, es la de un personaje que pasa por el mundo tendiendo la mano y, sin proponérselo, al final es ayudado por sus amigos; Gallo Kiriko, por el contrario no ayuda a nadie y acaba solo, en la mejor de las versiones (en algunas cocinado). Supongo que mi Gallito Pelón tiene que ver con lo que trato de transmitirles a mis hijos, con mi forma de entender el mundo y aunque me cueste la palabra –con mi moral–, con mi ética, porque yo tengo una visión moral del mundo como todos, coincida o no con el resto. Y porque los niños siempre escuchan por primera vez los cuentos, a muchos les leerán o contarán la versión de Elena Fortún (que, por cierto, también decidió renunciar a esa imagen del medio pollo que a mí me daba tanta grima de niña, siempre me imaginaba a ese Medio pollo con las vísceras colgando y huí conscientemente de esa imagen). Me ilusiona pensar que habrá niños a los que les lean la mía. Lo he hecho lo mejor que sé.

Y en estos días estaba pensando que el cuento cobra más sentido que nunca, porque, de veras, creo que solo desde la unión se logra superar la adversidad. Debo de ser una optimista redomada. No hace falta que los niños de cuatro años reivindiquen nada, ni quisiera que el cuento quedase en la moralina o moraleja, para mí lo importante es el viaje y que perciban el mundo lleno de gallos buenos y disfruten cantando junto a mi Gallito Pelón.

Como he dicho me maravillan las ilustraciones de Philip Giordano que acompasan mi texto, tras una larguísima espera, el cuento mereció la pena. Me entusiasman las guardas: ese gallo comiéndose el universo, el sol y la luna.

Sus ilustraciones  son magistrales. No sé si está mal que yo lo diga, pero lo pienso sinceramente.

Me interesan porque rompen y entroncan no con la Tradición sino con diferentes tradiciones. Me interesa lo que Philip aporta a este cuento tan revisado, porque suma miradas.

Recupera la tradición japonesa del grabado; juega a recrear la imperfección en las imágenes como si se tratara de litografías de principios del siglo XX; revisa la tampografía; limita su paleta de colores predominando el rojo y el negro como guiño, a su vez, a las vanguardias de principios del siglo pasado; y la fuerza que ello proporciona a sus ilustraciones.

Me interesa su manera de sintetizar, el uso que hace de los símbolos que entienden hasta los más pequeños; como juega a no mostrar a ninguna persona al completo y que sin embargo permanezcan reconocibles…

Mi Gallito Pelón es una gran metáfora, una metáfora que no he inventado yo, que ya estaba en la tradición que me llegó de niña: todo lo que nos encontramos a lo largo del camino, nos ayuda, para bien o para mal, a enfrentar los problemas y resolverlos o no. Todo lo que nos tragamos en esta vida puede ayudarnos a seguir.

Mi Gallito Pelón tiene mucho de mi padre, que era un tragaldabas incorregible y muy buena gente. Este texto va por él y por Marisa Núñez, que tanto me han enseñado, de la vida y de las letras.

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